Cierre inminente de la Librería del Fondo de Cultura Económica de la UNACH
 
 

Lunes 20 de agosto de 2018.-

La Librería José Emilio Pacheco del Fondo de Cultura Económica de Tuxtla Gutiérrez está a punto de cerrar. Los motivos, según me dicen, son las pérdidas que registra la Universidad Autónoma de Chiapas en este espacio de convivencia, encuentro cultural y recreación para estudiantes, académicos y niñas que descubren el mundo de las letras.  He asistido muchas veces a este lugar hermoso y cálido a tomar café, a platicar con los amigos, a escuchar conferencias, también a presentar libros. Además, cada mes, con mis compañeras maestras y los alumnos de la Licenciatura en Comunicación comentamos algún texto relacionado con el periodismo. Su cierre, que espero quede aplazado hasta el fin de los tiempos, sería una pérdida, no solo para quienes gustamos de leer, si no para todos, porque esta librería ha sido un faro de esperanza para las nuevas generaciones.

Me dicen que se baraja la posibilidad de que la librería sea transferida a Porrúa, una empresa que está dispuesta a pagar 50 mil pesos de renta por este espacio que se conecta con el Paseo Cultural Balún Canán, el cual culmina en el precioso Foro de la Higuera. Aunque llegue Porrúa, no será lo mismo. El Fondo de Cultura Económica es un emblema abierto a los creadores mexicanos, a la disciplina y al reconocimiento del talento de investigadoras y escritoras de nuestro país. No creo que Porrúa continúe con las actividades desarrolladas hasta ahora por el Fondo, como los talleres para niños, las presentaciones constantes de libros y las conferencias que se realizan casi a diario en estas instalaciones.

Ojalá que el gobierno, el nuevo gobierno de Chiapas me refiero, tenga voluntad y ánimo de mantener esta librería, que si bien no es rentable económicamente, sí lo es en el plano cultural y hasta espiritual de la entidad. Las universidades públicas son una inversión hacia el futuro. Si se comparan las erogaciones por infraestructura, sueldos, y apoyos diversos, se constituyen en un profundo hoyo negro de gastos que llevan a la bancarrota. La educación, la cultura, no puede verse con signo de pesos. Verlo así es asumir una derrota anticipada. El rector Carlos Eugenio Ruiz Hernández, en esta encrucijada que enfrenta la Librería del Fondo de Cultura Económica, debe ser apoyado por profesores, alumnas, trabajadores administrativos, investigadores y lectores gozosos, porque no hay mejor apuesta que ofrecer espacios para el encuentro de la inteligencia a través de los libros.

Las universidades públicas del país están quebradas, en especial, por el bajo presupuesto que se les otorga, y que las obliga a endeudarse constantemente. Por supuesto, que no se puede ignorar, posibles malos manejos administrativos, pero en los gobiernos neoliberales se les ha apoyado poco, con el propósito de fortalecer las universidades privadas. Este es el caso de la Unach, en donde se tienen que hacer malabares para cubrir las necesidades urgentes de la comunidad universitaria, y las pérdidas económicas que se generan en la librería, que tampoco deben ser muy grandes, sí afectan su frágil y limitado presupuesto. Sin embargo, debe apostarse por sanar las finanzas de la Librería José Emilio Pacheco, para que la Universidad no pierda un espacio que es suyo, desde aquel mediodía de hace cuatro años, cuando Cristina Pacheco inauguró la librería que lleva el nombre de su esposo fallecido en 2014.

Ese día de la inauguración escribí que las librerías en México no tenían buen porvenir y que la única forma de que no murieran, ante los embates de los supermercados y conglomerados culturales, era que fueran apoyadas, como un servicio de extensión universitaria, por las instituciones de educación superior. Recordé entonces las pequeñas librerías que habían desaparecido de Tuxtla. De la Librería la Ceiba, fundada por Dorián Ruiz Palma y Florentino Pérez. Desgraciadamente, las obras del centro promovidas por Yassir Vázquez y la falta de lectores secaron las raíces del árbol frondoso que alguna vez fue y que no solo ofreció libros, sino sombra, esparcimiento y actividades culturales. Escribí del Mercado de Libros El Periquillo, del padre de Roberto Ramos Maza, y de la Librería El Progreso, de la maestra Carmen Puig, madre del doctor Andrés Fábregas. Me faltó mencionar a la mítica El Rosario, de Arriaga, quizá por muchos años la mejor librería de Chiapas. En nuestro país sobreviven unas 500 librerías, una cantidad inferior con la que cuenta solo la ciudad de Buenos Aires, que tiene censadas 734 librerías, muchas de las cuales permanecen abiertas hasta la media noche.

Las librerías son contagiosas. Dice Gabriel Zaid en su artículo “Hacia un país sin librerías” que las librerías contagian, porque “donde no hay playas, ríos, ni albercas, no puede haber costumbre de nadar. Que los lectores vayan a las librerías a ver qué hay, que unas personas vean a otras entrar a una librería, que los hijos vean a sus padres llegar a casa con libros, que los escaparates de las librerías sean parte del paisaje urbano, puede ser normal en la vida cotidiana. Pero la ausencia de todo eso también puede ser normal”. Defender la permanencia de una librería es una gesta romántica y caballeresca, es luchar contra molinos de vientos y los gigantes Culiambro, Morgante y Malambruno. Es cierto, y vuelvo a Zaid, que hay algo quijotesco en el “empeño de sostener una librería en un país al que no le importan las librerías”, pero las universidades deben seguir siendo los caballeros para “desfacer” entuertos, que con lanzas en ristre, se enfrenten a la ignorancia y a la tozudez de quienes quieran ver en las librerías el signo de pesos y no el triunfo del espíritu y del humanismo.

 
 
20 Ago 2018
 
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