Tapachula, Chis. 27/09/2020 17.78oC

Los dulces sueños de un alvaradeño


Í N D I C E. . .

Ruperto Portela Alvarado.

         + Cuando todos éramos felices en el arenal…

        + Amigos y hermanos del tiempo y el momento…

        + La pobreza y la felicidad que nunca faltó…

        + La tarima de la venta de frutas y dulces…  

 

 Por: Ruperto Portela Alvarado.

Capítulo 1.

 

Cuentan los viejos sabios del pueblo, que Alvarado era una sola familia, donde todos nos conocíamos desde el parque deportivo “Miguel Alemán Valdez” hasta la Ribera Juan Soto; los de la Fuente, la Trocha, Paso Nacional y las Escolleras que fue la última comunidad que se creó en los años 60s, nos identificábamos. No éramos más de 25 mil habitantes del antiguo “Atlizintla” o el poblado de “San Cristóbal”, allá por los años 40s.

El Camino Real desde la Santa Cruz –donde estuvo la gasolinera de Julio Yunes y hoy es Coppel— se iba hasta las rancherías de Tío Layo y enfrente el “Descanso” del ganado de David Ruiz en la curva de la salida a Veracruz o hasta el rancho de Dimas Zamudio, a unos cinco kilómetros desde el panteón. Cuando todo pasaba por Alvarado –ganado, piña, naranja, azúcar, melaza--, el pueblo de pescadores “que arrulla el mar”; una Ciudad que es grande en su gente, folclor, dichos, anécdotas, personajes y edificios que tienen historia.

Yo nací en la Calle Francisco I. Madero, entre Guerrero y Aldama. Una avenida –en ese tiempo—llena de arena blanca por donde no pasaban los vehículos y jugábamos sin recato con la alegría que nos contagiaba nuestra pobreza, nunca miserables; pues para comer siempre hubo. Desde el parque deportivo hasta el boulevard, teníamos un espacio de libertad que disfrutábamos los amigos de ayer, hoy y de siempre. Nada nos contuvo.

En la esquina de Madero y Guerrero había un registro de drenaje que sobresalía unos 50 centímetros del arenal, al que le llamábamos “el pocito” y nos servía como base para nuestros juegos del “can-can” –una lata con piedras para hacer ruido que azotábamos cuando descubríamos a alguno participante en sus escondites--; “una, dos, manita y tres”, que consistía en alcanzar a un corredor  que al alcanzarlo se le daban tres palmadas en la espalda diciéndole esas palabras. Jugamos a tantas cosas; con el trompo al “golpe” y “el sacaquinto”; el tacón, el yoyo, los gallitos y las niñas a brincar la cuerda, el piso y la matatena.

La casa de Dimas Zamudio tenía una calzada que nos parecía muy alta. Ahí nos reuníamos por las tardes-noches para jugar lotería o simplemente contar cuentos que JoleMañeMarco y Nicho (de la familia de los “Pastorita”) se sabían muchos, especialmente de espantos. A veces   juntábamos hasta un peso o dos para comprar y comer queso, galletitas saladas, chiles curtidos; y si nos alcanzaba, una latita de leche Nestlé, en la tienda de don Esteban Román y doña Olga Azamar, que era quien nos despachaba.

En esa tienda vendían los refrescos OkeyChaparritas el NaranjoZaraza Vargas, las pepsis y  cocacolitas; petróleo, mechas para quinqués, brujas y candil que usaban los pescadores cuando iban a calar. También sobrecitos de barajitas para álbumes de banderas, luchadores y  billetitos que cambiábamos por juguetes. No se me olvidan los cartones de sorpresas con dulces pegados que traían un número relacionado con el regalo que correspondía y nos lo cambiaban por ellos.   

Un poquito más adelante, frente a la escuela “Benito Juárez”, tenía su mercería doña Lencha, que vendía hilos, agujas, botones, cierres, bies y dulces. Su esposo, un señor que me dicen se llamaba Guadalupe Figueroa Rojas y le apodaban “La Bestia”, era una persona calmada y amable, pero ella enojona y gruñona. Pero la recordamos con mucho cariño porque es parte de ese marco de la historia mundana de Alvarado. Más a la equina de Guerrero y Bravo vivía Carlos Cuellar, quien tuvo su restaurante “La Lupita” en el primer mercado y luego en el actual, precisamente siempre a la entrada. Enfrente vivió el “Negro Chirrico” (no me acuerdo de su nombre, pero creo de origen cubano) quien fue concesionario de una Cervecería, patrocinaba y jugaba muy bien béisbol.   

En la casa de Dimas Zamudio era la única en la que tenían televisión a mediados de los años sesentas. Era una algarabía porque Amarito y Ofelia Zamudio nos permitían entrar a toda la chamacada a la gran sala de un hermoso y limpio piso florreado de color verde, a ver los programas de ese tiempo, como Viruta y CapulinaVanart y la serie de “Carly Shesman, el Bandido de la Luz Roja”, “Linterna Verde” y a las cantantes Lilia y Norma, “Hermanitas Navarro”.  Ya en otras ocasiones he mencionado que Amparito pintaba con bilé, la cara de los chamacos que nos dormíamos viendo la televisión. Era un relajo.         

Entonces éramos “los hijo de Goya y Celedonio el Zapatero”; de “Carmen Arano y Chanín Rascón”; de “Nelón y Silveria”“Los Pastoritas” hijos de Salvador García y doña PastoraDimita Zamudio “Mama Chichi” era el más travieso y peleonero. También hacían grupo con nosotros, mi compadre Manuel Rascón Arano y Manuelito Ochoa que fueron grandes amigos de la infancia. Fuimos una plaga en el barrio; una calamidad, dentro del respeto y la autoridad de nuestros padres.

LA TARIMA DE FRUTAS…

Todo me lleva a recordar esa calle arenosa que en tiempos de norte quedaba pelada y entonces salíamos como gambusinos a buscar “tesoros” y, a veces encontrábamos monedas o baratijas que antes alguien había perdido. Nosotros, “los hijos de Goya Alvarado y Celedonio Portela” fuimos –como muchos otros alvaradeños-- de los muchos pobres alvaradeños que tuvimos que fregarnos trabajando para sobrevivir y superar las inconveniencias económicas que nunca fueron obstáculos para ser felices.

Mi mamá y mi papá vendían todas las frutas de la temporada y en una tarima puesta sobre dos estantes llamados “burros”, las exhibíamos. En la mañana sacábamos la tarima a la salida de  nuestra casa  y por la tarde la poníamos frente a la casa de don Guillermo “El Negrito” Peña y doña Rosa Albina Cruz. Ya al atardecer, cuando caía la sombra, la regresábamos a la calzada de nuestra casa para que más tarde la metiéramos.

Casi casi, la tarima quedaba a plena calle, pues por ahí no pasaban carros –como ahora—a no ser el de refrescos que paraba enfrente Raúl “El Mogo”, esposo de la Juana “La Negra Peña” o cuando llegaban los camiones cargados de plátano que Pancho Alceda llevaba a descargar frente a su casa y nosotros le ayudábamos por uno o dos pesos.

Un cuento de todos los días. Les digo que vendíamos nanche en bolsitas, que comprábamos por lata de 20 kilos que traían de los ranchos en las canoas y, en dulces que preparaba mi madre; manzanas o aguacates que nos mandaba por tren mi prima Elvira Figueroa Alvarado y su esposo Juan Bonino Bonilla de Tapachula que íbamos a recoger a Paso del Toro o a la estación en el barrio de la Fuente en Alvarado. Nunca faltaban las naranjas peladas, las tiritas de coco con chile y sal;  los dulces de leche, coco con piña o piloncillo (panela), las cocadas, las melcochas y el de guayaba.

Recuerdo que por las tardes no sentábamos a cuidar la tarima con la venta del día en la calzada de la casa del “Negrito Peña” y a oír el canto de los cenzontles que su hija Camerina tenía en unas jaulas que eran su adoración. Todo el día escuchábamos como ella les enseñaba a cantar y los pajarillos deleitaban a los vecinos con sus melodías canoras. A lado de nosotros vivía Regino Yépez “El Cardenal” y su esposa doña Juanita Herrera con sus hijos, Agustín, el de la célebre frase: “pa´ qué lo venden”, cuando le dijeron que ya no tomara alcohol; Micaela, mamá de Pedro Gilberto “El Pata de Águila” y  Rosa “La Cardenala”, mamá de mis primo Regino y Toño Bravo, hijos del mi tío, el  Negro Bravo Portela, hermano de la singular Juana Bravo, de quien ya comentaré su vida y obra.

Era vender y vender para poder comer. Mi mamá vendía naranjas peladas en el corredor central de la Escuela Benito Juárez, cuya imagen tengo grabada como tatuaje en mis recuerdos. También llevaba dulces de guayaba, zapote mamey, de leche, coco con leche, de piña, cocadas y melcochas que ella preparaba para vender a la entrada, el recreo y la salida de clases. Mientras, mi padre Celedonio Portela Sánchez se afanaba en la zapatería que aprendió de muy alta especialidad. Nosotros, mis hermanos: DanielCecilio, incluso Aída, salíamos a la calle a vender las frutas, dulces, que poco le tocó a MarioGabrielDavid Matías, y menos Vicenta; pero eso no quiere decir que se hayan salvado de hacerlo, como era obligación.  A lo lejos del recuerdo, todo parece felicidad y sin duda lo fue. Gozamos todo lo que pudimos y las circunstancias nos lo permitieron, y, bastante.

Era nuestra calle, donde jugábamos béisbol con pelota de hule y le pegamos con el puño cerrado. Todas las tardes era ese encuentro entre los equipos de cuatro elementos que se formaban  para enfrentarse y que mi hermano “Chilo”, Cecilio Portela Alvarado promovía entre los chamacos del barrio para jugar contra los de los de más abajo, los de la galeana o uno que tenía Dimita Zamudio Mora, que más batalla nos daban.

Uno que se destacó, como en todo los juegos y carreras, fue mi primo Enrique Lara Valerio “El Palomero”, el que se casó con una canasta embarazada de bolsitas de cacahuates y palomitas que preparaba mi tía Natalia Valerio o la charola de bolitas de queso que amasaba la abuelita “Tía María”Enrique salió bueno para todo, hasta para los negocios. Era muy bueno jugando pelota de hule, después béisbol, el tirador, el yoyo, el trompo y para correr los 100 metros planos.

Son muchos recuerdos que también he soñado como buen alvaradeño que siente la felicidad hasta dormido. Cada uno de ellos los iré escribiendo y compartiendo para quienes me quieran leer y compartir esta ilusión de ser felices…

Con un saludo desde la Ciudad del Caos, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, tierra del pozol, el nucú, la papausa y la chincuya…

Para contactarme: rupertoportela@gmail.com.

16/09/2020