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El neoliberal de la cuarta transformación


Tren Parlamentario

Vicente Bello

TREN PARLAMENTARIO

El neoliberal de la cuarta transformación

VICENTE BELLO

La puya que dejó clavada Carlos Urzúa escocía en los territorios del Ejecutivo Federal, pero también en los del Congreso de la Unión.

“Me resultó inaceptable la imposición de funcionarios que no tienen conocimiento de la hacienda pública. Esto fue motivado por personajes influyentes del actual gobierno con un patente conflicto de interés”, escribió ayer en su breve carta de renuncia el que fue, hasta ayer mismo, el primer secretario de Hacienda y Crédito Público de la administración de López Obrador.

No lo mencionó pero se refería a Alfonso Romo, el enlace que tiene Amlo con la iniciativa privada. Es al regiomontano a quien le aventó la piedra. Y se convirtió en materia prima para el desatamiento de una feroz crítica en contra del gobierno federal.

El PAN a través de la legisladora suya que preside la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, Patricia Terrazas, dijo que la renuncia de Urzúa es un claro ejemplo de la “desarticulación enorme entre los latos mandos de hacienda”.

Se refería la panista al malestar que algunos funcionarios expresaban soterradamente contra el manejo de la política económica del país. Una política económica que –a juicio de Andrés Manuel López Obrador- tiene que romper con la política neoliberal del pasado reciente.

En conferencia, Patricia Terrazas añadía: “Hay un enorme cuestionamiento porque si bien es cierto, por ejemplo, el jefe de Aduanas no tiene perfil absoluto para tomar la jefatura, no experiencia, sin embargo, es el jefe; también al de grandes contribuyentes, es un joven con una enorme responsabilidad y sin perfil; se dice en notas que es amigo de los hijos del Presidente”.

Y hacía segunda Terrazas a lo que había escrito Urzúa, respecto de que se le impusieron personas que no tienen conocimiento en finanzas públicas: “Es preciso analizar cada una de las personas que se han metido a Hacienda y a lo mejor la parte técnica no la dominan y la preparación.”

Y volvía a cebarse en los lomos del gobierno federal: “Existen condiciones poco halagüeñas para el país en materia económica con argumentos de denuncia política: La verdad es que las calificadoras han hecho su trabajo, calificándonos mal, los empresarios detenidas sus inversiones, no avanzando, muy contrario a lo que dice el presidente que vamos bien; no vamos bien cuando la economía está prácticamente en recesión, y no llegamos ni al 1 por ciento”.

Y remachaba la legisladora de Acción Nacional: “Estamos con los indicadores muy reales y con un discurso irreal y demasiado triunfalista; los resultados ahí están, renuncia el secretario, es el ejemplo de que vamos mal.”

La renuncia, por sí misma, ha tenido el efecto de un golpazo. Cuando López Obrador presentaba al nuevo secretario de Hacienda, Arturo Herrera, tanto el rostro del presidente de la República como el del nuevo encargado del despacho de marras estaban pálidos y endurecidos.

Intentaba recomponer la figura presidencial el presidente de la más poderosa comisión ordinaria de todo el Congreso: la de presupuesto y cuenta pública de la Cámara de Diputados, Alfonso Ramírez Cuéllar.  

En abono de las posiciones de la presidencia de la República, decía Ramírez: “Herrera es la mejor carta”. Y promovía: “Tendrá que construirse un acuerdo nacional para mantener el paso de la economía nacional”.

Y entonces fue cuando arengaba a “abrir un gran debate nacional sobre la política pública en materia económica”.

Cuando decía lo anterior, Alfonso se Refería al debate abierto ya sobre la política económica que practicaron los gobiernos mexicanos sucesivamente de 1982 a 2018, y la política económica que pretende imponer Andrés Manuel López Obrador; una política que mire más hacia la gente, y no hacia los números de una macroeconomía que sólo ha respondido a los grandes intereses económicos del mundo.

Ramírez Cuéllar apostillaba: “Es el momento de que se ponga en marcha una política de fomento a la economía, de tal manera que alcancemos mayores tasas de crecimiento”.

Detrás de este llamado, Ramírez Cuéllar criticaba sin duda a Carlos Urzúa, a quien desde dentro del gobierno al que perteneció hasta ayer se le criticaba por su “enorme pragmatismo rayano en el neoliberalismo que su jefe decía no sólo combatir sino que ha pretendido erradicar de la vida de México.

Urzúa es un neoliberal. ¿Qué hace allí? Se llegó a escuchar en el pasillerío de San Lázaro. Y en ese marco de crítica velada, ahora se colocaba el posicionamiento de Ramírez Cuéllar: “Se tiene que hacer mucho más sólida y fuerte la relación entre el Estado y la iniciativa privada y,  al mismo tiempo, garantizar que todos pongan de manera adicional esfuerzos con un mayor gasto público”.

Y cuando un reportero preguntó a Alfonso su opinión sobre lo que diputados opositores del PRI y PAN sugerían, de que había preocupación en el país por la renuncia de Urzúa, el presidente de la comisión de presupuesto dijo: “No. No, no. Simple y sencillamente es lamentable la salida, pero yo creo que es un equipo el que se ha quedado, el que permanece dirigiendo los destinos de las finanzas públicas, con mucha autoridad, con mucho reconocimiento a nivel internacional y al mismo tiempo con una gran decisión de mantener por encima de todas las cosas la disciplina en el gasto, gastar sólo lo que ingresa y una política de fomento”.

La renuncia de Urzúa fue un golpe lo suficientemente fuerte como para que crujiera la economía. Verbigracia: Se remeció el peso;  pero él quedó al descubierto como un neoliberal sin identificación con lo que su ahora ex jefe califica como la Cuarta Transformación.

 

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11/07/2019